NOTAS DE INTERES

 

 

 

Esta sección contiene notas sobre distintos temas de interés relacionados al arte marcial, su enseñanaza, aprendizaje, comprensión y más:

"Breves reflexiones sobre confusio-nes de maestro"

*Publicado en la Revista Psyche-Navegante n°74 - Octubre 2006

Por el Prof. Agustín Fernández (www.kungfuonline.com.ar)

Los cuatro vicios relativos al gobierno son los siguientes: no instruir al pueblo y ocultarle la verdad, lo cual recibe el nombre de “tiranía”; exigir una conducta perfecta a todos los ciudadanos sin informarles previamente sus obligaciones, lo que recibe el nombre de “opresión”; no tener prisa en dar las órdenes y pretender luego que se cumplan en el acto, lo que representa una grave “injusticia”; buscar siempre el propio provecho, lo que recibe el nombre “egoísmo”.

Soy profesor de kung fu y suelo reflexionar bastante entre mis clases ¿Cómo van mis alumnos? ¿Cómo terminaron hoy? ¿Qué es lo que le cuesta a Juan? ¿Por qué no le sale tal movimiento a José? Tal vez, buscar la pregunta correcta sea demasiado pretencioso. A partir de los exámenes que hago mentalmente y, a veces también, de las observaciones de mi maestro, recordé el fragmento de Los Analectas, de Confucio, que encabeza este artículo. El Maestro, palabra que se asocia inmediatamente a Confucio, nos legó cuatro libros y éste en particular, contiene reflexiones para sus discípulos. Me llamaron la atención los puntos en que se refiere a la “opresión” y a la “injusticia”, si bien el punto más fuerte en común que tienen gobernar y enseñar es su condición de imposibilidad -de acuerdo a Freud-.

Resulta que noté en los niños una mejora desde que empecé a dejarlos hacer lo que pudieran con el ejercicio que les enseñaba, sin buscar “objetivos básicos”. Esto empezó porque, como la mayoría de los instructores nuevos, yo quería corregir todos los puntos importantes de lo que enseñaba, “cosa que esté bien enseñado”. Pero los niños son crueles maestros y después de una clase, quedábamos exhaustos los alumnos y yo. Cuando más adelante intentaba la misma corrección, me encontraba con que enseguida lo captaban ¿Qué fue lo que pasó? ¿La repetición hizo su parte, dándole lugar a la elaboración? Pareciera que sí. Evidentemente, estas dos acciones están separadas en tiempos diferentes y no, como yo pensaba, irremediablemente unidas: hay un tiempo para enseñar y otro tiempo para corregir. Encontré alguien diferente, pasado cierto tiempo de haber enseñado. Encontré alguien que escuchaba lo que yo decía, alguien no sólo diferente, sino que antes no estaba.
¿Cómo ver que hay un practicante para escuchar mi corrección? Pero, para complicar más el asunto ¿Qué valor le da el alumno a esa corrección?.

Recuerdo una historia que me contó mi maestro, acerca de un joven que se despide de su familia para ir a entrenar al templo Shaolín en la provincia de Henán. Los primeros seis meses de entrenamiento los dedica a las posturas de piernas. Cuando ya se sentía bastante decepcionado, una mañana, al llegar a la terraza del templo donde entrenaban, ve una vasija de boca ancha con agua hasta el borde para cada practicante. El monje que dirigía el entrenamiento les indica que deben golpear el agua alternativamente con cada mano hasta vaciar la vasija. Así lo hizo por nueve meses esta vez. Cansado y decepcionado, decide abandonar el templo y regresar a su hogar. Allí es recibido por su familia con alegría e inmediatamente se organiza una cena, con todo el lujo del que disponían, para que narre sobre las maravillas que vio y las cosas que aprendió. Colmada su paciencia, porque no tenía realmente mucha cosa que contar, después de tanto tiempo y sacrificio, descarga su frustración golpeando la mesa familiar con ira. Para sorpresa de todos, incluido quien golpeara, la mesa se parte en dos. Comprende entonces lo que estuvo aprendiendo en el templo, lo que le fue transmitido.

En el momento en que partió la mesa no pensaba en sacar agua de una vasija, no pensaba en una técnica para romper la mesa –porque nunca “aprendió” tal cosa-. Lo no sabido impacta, entonces, con un golpe sórdido sobre él.
Teniendo en cuenta a la repetición, nada más que como experiencia que acerca al sujeto (psicológico) a su objeto de conocimiento, que, acumulada en el lapso de algún tiempo, permitía sentar las bases –darle elementos al alumno- para ser corregido, yo aun permanecía en la oscuridad. Esto fue lo que pude ver a partir del primer vistazo. Pero no puedo ni debo negar la influencia que tuvo en mí, y en este artículo, la lectura fortuita del excelente texto de Oscar Lamorgia: “La función de la prisa”, que salió publicado en la revista Imago Agenda Nº 101 (Julio de 2006). Me permitió hacer determinados saltos conceptuales sin los cuales nuestros destinos –el de este artículo y el mío- habrían sido muy distintos. Lamorgia, cita primero el enigma de los tres presidiarios que figura en El Seminario II, de Lacan, a propósito de la prisa en cuestión. Al preguntarse “¿Porqué debo precipitar mi movimiento apenas me doy cuenta (…)?”, concluye: “Precisamente porque de eso depende el ser liberado”. Cito: “En 1ª Instante de ver: la fugacidad del instante, lo inatrapable del instante. En 2ª Tiempo para comprender: se trata de una instancia que abre la posibilidad de historización del sujeto (como efecto del discurso). En 3ª Momento de concluir: sería la irrupción de un acto”. En el caso de nuestro aspirante a guerrero shaolín, no estuvo listo para que lo corrigieran hasta que partió la mesa familiar. Había entrenado diligentemente porque así se lo indicó su superior. La comprensión, habilita suponer que algo fue aprehendido ¿Era posible corregirlo antes de que partiera la mesa? Y de nuevo, ¿cómo ver que hay un practicante para escuchar mi corrección? Tal vez ahora, al menos, pueda pretender buscar la pregunta correcta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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